La expresión campesina de la ternura tiene nombre y apellido
Artículo publicado en El Yariguí Nº26 - Marzo 2018 - Página 8
Por: Marcela Téllez H.De los ojos aguados del hombre campesino comienza a bajar una lágrima. Con un movimiento rápido y firme, don Luis Cárdenas pasa el pañuelo por su rostro y tose. Le va a costar trabajo recordar. La tristeza invade de nuevo sus 84 años. Entonces se acomoda en el sofá del amplio corredor de su casa en la finca El Reflejo, y junto a su esposa Isabel empieza el relato de ese trasegar por el campo, al comienzo, cultivando - “la mejora” - y luego como propietario de su tierra cacaotera.
Pero antes de empezar la historia, se debe aclarar que don Luis Francisco Cárdenas Neira nació para ser empresario. Su visión de comerciante y su férrea convicción sobre no ser empleado sino ser su propio jefe, han sido los motivos por los cuales ha trabajado duro y parejo. Además, el no querer que sus hijos se fueran a trabajar para otros, motivó que todos ellos incursionaran en negocios como la distribuidora de carne de pollo, el restaurante, el hotel boutique, la compra de cacao, la venta de cítricos y hasta una tienda de ropa de marca, que ya ronda por los 20 años de haberse creado y la cual puede considerarse quizás, uno de los primeros intentos por ser independientes.
Siguiendo las enseñanzas dadas por el progenitor, congregan en torno a la casa familiar todos los proyectos. Reciben apoyo y regaños porque - “las cosas hay que hacerlas bien” -, y por sobre todo: trabajar mucho y ser responsables, siempre - “agarrado a la virgen” -. El asunto religioso es serio: todos los días, don Luis, reza el Rosario antes de acostarse a las ocho de la noche y - “a lo que aclara, me levanto” -. Doña Isabel no se queda atrás en su afán comercial, y con su expresión de - “tocaba enseñarles” - una vez los mandó de niños, a vender huevos y empanadas. Hoy en día le distribuyen el chocolate artesanal que ella misma fabrica de pura esencia a cacao.
Estudiaron. El colegio pasó. Siguieron creciendo siempre junto a un papá pegado a sus niños. - “Es bonito estar acompañado todos los días”- replica don Luis con marcado acento santandereano. Ese - “todos aquí” - hizo de los Cárdenas Moreno una familia unida, sin mayores discordias. Al padre no le gusta que se generen conflictos, prefiere ser prudente con el fin de preservar la integridad de la familia. La filosofía es simple. Dice: - “si hay problemas, es tratar de hacer cosas que uno pueda cambiar y no irse en contra, unos contra otros; eso trae confusión, como la política ahora; mejor apague y arranque” -. Así fue y así ha sido, solo con un pequeño paréntesis de tres años, cuando tuvieron que irse a vivir a Zapatoca.
La situación se puso muy pesada en el pueblo con el asunto de la guerrilla a principio de los años 80. Ya habían comprado la finca donde viven hoy en día. Ahí nacieron tres hijos más y la tierra se dejaba trabajar. Uno de tantos días, como parte de los operativos o rondas que hacía la guerrilla por la zona, llegaron ahí para pernoctar. Manteniéndose dentro de su doctrina pacífica, de no ofender a nadie, don Luis y su esposa cumplieron como pudieron lo que se les exigía. Eso y los adoctrinamientos permanentes que vivían los jóvenes, hizo que tomaran la decisión de vivir en Zapatoca para que sus hijos mayores pudieran terminar el bachillerato. Pero el padre se tuvo que quedar trabajando la tierra.
Fue lo que luego se llamaría: uno de los episodios mas duros de su vida. Ya sabía manejar la camioneta, un incentivo que recibió de la Federación Nacional de Cacaoteros por mejores prácticas productivas. Pero el aprendió - “después de viejo” - dice duro don Luis, así que coger carretera arriba tipo trocha, cargado de víveres y provisiones, todos los viernes para ir a visitarlos, era solo cuestión de valientes. Fue traumático, no solo los viajes semanales sino también la soledad. Este era un sentimiento poco agradable que no había experimentado desde los 31 años cuando tomó la decisión de casarse con la dinámica y hacendosa joven Isabel Moreno Gutiérrez.
Ya entraba el año 1965, Chabela como le dicen a doña Isabel, estaba muy molesta por no decir furiosa, pues le habían quitado una beca para estudiar en Radio Sutatenza. El día en que vio por la calle al “chino ese de los ojos lindos”, le habían dado la triste noticia y ya sabía que debía regresar a la casa de sus padres. Estaba quedándose en la Virginia donde su cuñado, cuando al otro día llegó el de los ojos lindos, amigo de la familia. El caso es que no hubo quien la acompañara de regreso a su casa, así que solicitaron los buenos servicios de don Luis quien no solo aceptó gustoso sino que un día después al devolverse fue y le dijo: - “Será que puedo volver” -. Un piropo de la época que terminó seis meses después en matrimonio.
Fueron años duros de mucho trabajo, él en el campo, ella en la casa. Se fueron primero para El Carmen. Con un hermano, Octavio, habían comprado una finca. Tierra buena y barata. La casa rústica hecha en madera, se podía ver a través de los parales pasar las culebras grandes y gruesas. Se cocinaba con leña y lo mejor eran los baños en el río. Pero no duraron mucho tiempo por esos parajes. Tuvieron que venirse para San Vicente porque el tío Calixto Neira con el que don Luis vivió de pequeño, se enfermó y murió al poco tiempo. Estuvieron en el barrio Comuneros al pie del Matadero hasta que la tierra los volvió a llamar. Entonces compraron, en compañía del compadre José Remolina, una finca en las Palmas. Ahí el significado de trabajo adquirió su máxima expresión, tanto que Chabela bajaba al pueblo cada seis meses.
La pareja disfrutaba de los dos hijos mayores, pero don Luis nada que dejaba la cerveza y el aguardiente. Hasta que Luis Martín cumplió los 13 años y resultó que ya no era negocio tomar tanto. Con el juicio ganado al alcohol llegaron los tiempos de la finca “El Reflejo”, la partida a Zapatoca y el regreso, con uno que otro bache, para al final, instalarse en su tierra chucureña que hoy en día está ofreciendo a los turistas la oportunidad de vivir una experiencia vivencial cacaotera en la bien llamada La Ruta del Cacao.
De pronto no es tan chucureño don Luis. Sus padres eran de Mogotes y antes de instalarse en San Vicente de Chucurí, vivieron en Valle de San José, Coromoro y Charalá donde nació don Luis Francisco, quien llegó a vivir a Filadelfia a los siete años, a la casa del estricto y regañón tío Calixto. Ya sus dos hermanos, Rodrigo y Darío, andaban por estos lares desde 1936. Ante las buenas perspectivas que ofrecía la zona, se trajeron toda la familia. Solo que el señor padre, enfermo, decide regresar a Mogotes y pronto fallece. La familia se radica definitivamente en Filadelfia.
Va a la escuela El Bosque. Mala experiencia: llegaba tarde debido a las labores en el campo, estaba atrasado con respecto a sus compañeros, él era más grande que todos los demás. Solo duró dos meses.
Se salvó del cuartel pero no de la violencia política. Según sus palabras - “era un infierno entre los dos partidos”-. Continúa diciendo: “Nos tocaba escondernos en la orilla de la quebrada porque pasaba la chusma y quemaban el rancho”. La fecha en que iban a matar a Pedro Fermín Prada, ellos estaban de obreros. Debió correr hacia el agua y cuando empezaba el tiroteo el se hundía completamente. Así durante todo el día.
De Filadelfia guarda lo mejor de su juventud, tanto que hoy en día posee un pedacito de lo que fue una próspera hacienda. También está la nostalgia. Esa que le remueve las entrañas al recordar como se criaron entre verdes pastizales, como cumplieron con las faenas agrícolas y ganaderas, como le cogió el gusto al guarapo y como vivió la muerte de su madre al sentirse de verdad un huérfano de padres. Sólo una vez más vuelve a salirle otra lágrima de los ojos empañados. Esta vez escurre tranquila por entre la mejilla. El silencio se lleva los recuerdos.
Comentarios
Publicar un comentario
Quiero opinar sobre esto